Ministrando sin Amor

“Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo. En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?  Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él. ” (Juan 4: 25-30, RV60).

En estos versículos de La Palabra, vemos a Jesús ministrando a una mujer que vivía con alguien que no era su marido, y ademas, había estado casada cinco veces anteriormente. Lo que realmente toca mi corazón de esta situación es que Jesús nunca la condenó  y a través de Su amor, Él no solo la alcanzó, sino que alcanzó a toda la ciudad.
El Espíritu Santo ha estado lidiando conmigo en este pensamiento – no podemos alcanzar a aquellos que ofendemos. Nunca debemos comprometer el Evangelio o nuestro camino con Cristo, pero al mismo tiempo, debemos alcanzar con amor a las personas para ver cambiar su corazón y sus vidas. A medida que pienso que ocurre cuando ofendemos a las personas, me doy cuenta de que obstaculiza el trabajo del Espíritu de Dios. A veces nos sentamos en grupo y condenamos a otras personas, otras denominaciones, otras religiones, o incluso, otras motos. Esto pasa a menudo cuando pensamos que los del grupo piensan igual que nosotros, pero nunca nos damos cuenta de lo que realmente piensan. A veces tenemos estas charlas en restaurantes y otros sitios públicos, sin darnos cuenta de que los que están sentados cerca pueden oírnos.

Cuando miro la vida de Jesús, le veo en muchas situaciones; como trata con la mujer acusada de adulterio, las personas que estaban sordas y/o ciegas, y levantando gente de la tumba. Él siempre alcanza a todos ellos a través del amor. El Espíritu Santo me ha animado, y yo quiero animarte, a recordar que somos sirvientes de Dios. Somos Sus Ojos, labios, pies, y manos. Somos el único Evangelio que algunas personas leen. Que siempre podamos actuar desde el amor para llegar a aquellos que nos rodean. Uno de los distintivos de CMA es que somos sirvientes. Nosotros servimos para tener la oportunidad de compartir. No seamos una ofensa o piedra de tropiezo para aquellos que necesitan a Jesús. Que andemos fieles a nuestro llamado, con la integridad de Jesucristo dentro de nosotros, representando el faro de luz y esperanza que puede encontrarse en Él.

John Ogden Sr.

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